Ser ciudadano

 

Ser buen ciudadano es una tarea difícil, que precisa de cualidades hoy en desuso, como la solidaridad, la empatía, la generosidad, la honradez

 

Ya Stuart Mill, mediado el siglo XIX, percibió que en nombre de la democracia se estaba creando una sociedad en la que los objetivos humanos se iban haciendo artificialmente más pequeños y estrechos, convirtiéndose por ello la mayoría de los hombres en un simple “rebaño industrioso”, en el que la “mediocridad colectiva” iba ahogando poco a poco la originalidad y la capacidad individual. Esto lo afirmaba el acreditado filósofo, economista y político inglés mucho antes de que existiera la televisión, sobre cuyo pernicioso influjo ya advirtiera también H. M. McLuhan, hasta el extremo de pedir a su propio hijo que sus nietos no la vieran. No constituye, por tanto, una imprudencia señalar —retomando las teorías de Stuart Mill— que en sociedades como la española se esté afianzando en los últimos tiempos, y Madrid concretamente se erige como ejemplo llamativo, una conducta ciudadana en cierto modo trivial y un tanto irreflexiva, mediocre al fin, que muy poco tiene que ver con las aspiraciones, acompañadas de buenas dosis de entusiasmo y consideración, con las que hace ahora treinta años esa misma sociedad marcaba los procesos electorales. Sin duda la consolidación económica del país ha conformado un gran sector de clase media dominante que observa con ojos indiferentes los problemas y necesidades que aquejan a otra amplia capa social mucho más dependiente de los beneficios que teóricamente deben obtenerse de un Estado que se dice del Bienestar. Junto al arraigo de estas nuevas castas, separadas por brechas económicas significativas, toma cuerpo un inquietante descrédito de la clase política, que nace por deméritos propios en casos concretos y principalmente como consecuencia de la acción continuada de poderosos grupos de presión que trasladan a la opinión pública el nocivo mensaje de “todos los políticos son iguales”, con efectos demoledores sobre todo para la izquierda.

No es osado subrayar que la presencia abrumadora en la mayoría de las cadenas de televisión de programas de los denominados “rosa” o “basura” actúa como efecto disolvente en un buen número de espectadores-ciudadanos, fermentando en ellos un interés desmedido por las cuestiones más banales a la par que un alejamiento creciente de las materias que configuran la esencia de una sociedad culturalmente preparada, consciente de los dilemas  inherentes a las ecuaciones pobreza-riqueza, mentira-verdad, segregación-integración o injusticia-ponderación, entre tantas otras igualmente relevantes. Un desinterés que unido a la insistente traslación a titulares de prensa de manifestaciones apocalípticas y desafíos sin cuento hace que cobre fuerza un cómodo hastío que provoca dos efectos en la hora de la convocatoria a las urnas: una variante de abstención, ajena, desideologizada y sin interrogantes —existe otra abstención militante, sancionadora y recuperable—, y/o un apoyo inconsecuente a las formaciones políticas conservadoras. Junto a lo anterior, el nuevo sector social dominante, el emergido a base de destajos laborales, dobles ingresos por unidad familiar, profesiones liberales, dinero negro y adosado hipotecado en cualquiera de los municipios que han florecido al calor de ladrillo, toma también uno de estos dos derroteros: igualmente la abstención, propia de los llamados “desencantados” y que no son sino practicantes de la vacuidad, o el apoyo sin fisuras a la derecha política, pues de forma natural se reconocen como elementos de tan anhelado cuerpo, fascinados por identificarse como nuevos ricos.

Corren, por tanto, malos tiempos para los buenos ciudadanos. Ser buen ciudadano es una tarea difícil, que precisa de cualidades hoy en desuso, como la solidaridad, la empatía, la generosidad, la honradez y nobleza de miras… Para ser buen político o buen sindicalista, por poner dos ejemplos claros de representación de intereses colectivos, es necesario haber pasado antes con sobresaliente el curso de ciudadano. La democracia se nutre de esos buenos ciudadanos para garantizar los cambios inteligentes en los distintos gobiernos, castigando en las urnas a quienes no han respondido a las expectativas anunciadas. De igual manera que el éxito o el fracaso de los colectivos que articulan la estructura social de un país dependen de la categoría humana e intelectual de los líderes que los dirijan, ese mismo país ocupará el lugar que le corresponde en el concierto mundial si cuenta con personas que son antes que nada buenos ciudadanos. Es una forma de evitar lo que temió Stuart Mill hace un siglo y medio: el uso bastardo de la democracia tiende a convertir a hombres y mujeres en masas sin criterio.