Aquel viejo
olor a pobre
Parece que pronto hemos olvidado la hambruna surgida
en nuestra tierra al término de un cruel enfrentamiento civil a lo largo de
tres años
Con harta frecuencia podemos escuchar comentarios de
diverso grosor y variada índole sobre el aumento del número de inmigrantes en
nuestro país. Allá donde uno va es difícil no encontrarse con la queja más o
menos contundente sobre la “invasión” que España está sufriendo de personas
provenientes de diversas latitudes del mundo que han encontrado en nuestra
tierra el modus vivendi. Así, sin que
tú inicies la conversación sobre tema hoy tan espinoso y, sobre todo, sin conocer
ni importarles tu opinión, se activa por el interlocutor o interlocutores el infalible
mecanismo —primero de forma coloquial, amistosa; luego ruda, exasperadamente—
para sin más preámbulos entrar en la polémica sobre hacia dónde vamos a llegar
como esto siga así. Para iniciar la
catarata de improperios que les merece la afluencia de extranjeros a España
valen unas imágenes en televisión sobre el deambular de subsaharianos en
tierras de Jaén-aceituneros altivos, un desalojo de un asentamiento chabolista,
la penúltima patera hundida en aguas del Estrecho o la rumana con el niño que
pide diariamente en la puerta de la galería comercial. No ha mucho, comentarios de rechazo de la inmigración surgían de
y entre sectores de población concretos, más bien de tinte conservador. Ahora,
sin embargo, la actitud xenófoba proviene de personas aparentemente normales:
ciudadanos trabajadores por cuenta ajena, pequeños comerciantes e industriales,
personas prejubiladas, amas de casa, oficinistas, funcionarios, obreros, dependientes,
amigos y conocidos, colegas del trabajo, prójimos que dicen votar lo que tú,
vecinos del buenos días qué tal, integrantes de tu familia pura y dura…
Y
todos ellos, como si formaran parte de una infinita confabulación, parecen
estar esperándote, decididos por tu bien a abrirte los ojos, a que dejes de
situar tus discursos en lo políticamente correcto y pienses y digas y actúes
como todos ellos. Diciendo al pan, pan, y al vino, vino. O lo que es igual, que
los inmigrantes nos están invadiendo, que los ves en todas partes, que la
mayoría viene a no trabajar y a vivir del cuento, que cómo es posible que a mi
hijo que es español nacido en Cuenca esté sin vivienda cuando al primer
desahuciado magrebí o de Sierra Leona que lo solicita le conceden sin más una
vivienda, que qué bonito que tengamos que pagar los honrados contribuyentes las
medicinas y las operaciones de tanto intruso, que además están haciendo saltar
por los aires el mercado de trabajo aceptando cualquier mandado por cuatro
perras, que cuando vas en el Metro —¡Jesús!— no parece que estuvieras en tu
país de tanto negro, de tanto asiático, de tanto rumano, de tanto diferente…
Llegan incluso a insinuarte los parvenus
que todos ellos, los inmigrantes, especialmente si van en grupo, despiden un
cierto olor a pobre, precisamente ahora que los españoles hemos elevado la
media de altura y formamos parte de una Europa aria que nos considera de los
más limpios del continente, por lo menos de los que más gastamos en perfumes y
cremas corporales. Y cuando les contestas —así, en un descuido, porque
avasallan con sus argumentos— que hay que tener cuidado con lo que se dice,
porque nosotros hemos sido un país de emigrantes, te saltan a la nuez, y con
espumarajos en las comisuras de la boca te largan eso de ¡ojo, que nosotros
íbamos con contrato y con los papeles en regla!
Gerald
Brenan, en su regreso a España después de la Guerra Civil, describía a su paso
por Andalucía la penuria con la que se encontraba: “No es posible andar por
Córdoba sin sentirse horrorizado ante tanta miseria. Se ven hombres y mujeres
cuyos cuerpos y caras tienen una capa de suciedad, porque son seres demasiado
débiles y desesperados para lavarse. Se ven niños de diez años con caras
marchitas y mujeres de treinta que parecen viejas…” Estas imágenes que el escritor
inglés recogió en su libro La faz actual
de España reproducen el panorama general de nuestro país en los años
cincuenta, prácticamente ayer. Parece que pronto hemos olvidado la hambruna
surgida en nuestra tierra al término de un cruel enfrentamiento civil a lo
largo de tres años, añadido a las dificultades derivadas de la conflagración
mundial, con cortes de luz ante la falta de energía, sumando al hambre la
oscuridad. El desaprovechamiento del agua, y la sequía, calificada por Franco
de pertinaz, contribuyó a recrudecer las enfermedades parasitarias y a enraizar
la mugre. Más cerca aún en la memoria de esta España ahora rica y olvidadiza se
sitúan los suburbios en capitales como Madrid y Barcelona, con chabolas
levantadas de la noche a la mañana por emigrantes de Extremadura, Andalucía, La
Mancha… Éstos también con un cierto olor a pobre, la vieja estampa del hambre.