Reivindicar a Negrín
Juan
Negrín falleció el 12 de noviembre de 1956 en París en la más absoluta
privacidad y en la no menos severa situación económica
Cuando
el fin de una guerra civil exige la rendición incondicional de una parte, y esa
rendición conlleva para los combatientes elegir entre el suicidio o la muerte
en la cárcel por hacinamiento, hambre, epidemias o por medio de fusilamientos precedidos
de juicios sumarísimos, entonces la alternativa es resistir luchando hasta
lograr si no la victoria sí, al menos, una paz honrosa y clemente con los
vencidos. Si, además, una conflagración fratricida como fue el caso de la guerra
española de 1936-1939 no finaliza con la derrota y rendición del enemigo sino
que la capitulación significa sólo un episodio en su aniquilación total,
comenzando al término de tres años de cruel enfrentamiento un largo periodo de
ejecuciones masivas, tortura y despojo de las pertenencias del vencido,
entonces no queda otra solución que resistir. Si el convencimiento de resistir
viene dado, también, porque por medio de él se pueden corregir positivamente los
acontecimientos al hacerlos coincidir con un hecho bélico internacional de una
dimensión y trascendencia mucho más amplia que el propio trance armado, tal
como ocurriera poco después con el estallido de la Segunda Guerra Mundial,
entonces aguantar y resistir parece la única salida a una situación
desesperada. Fue esto, ni más ni menos, lo que hizo Juan Negrín López,
presidente del Gobierno de la II República Española a partir del momento en que
asumió su responsabilidad en mayo de 1937 haciendo suyo el encargo de Manuel
Azaña de reconstruir el Estado, levantar de la nada un ejército y restaurar la
autoridad con el fin de forzar una paz negociada bajo los auspicios de las
potencias implicadas. Vano intento, como es sabido.
Transcurridos
setenta años de aquel drama colectivo que de manera más o menos intensa viene
afectando forzosamente a sucesivas generaciones de españoles, en tiempos como
los actuales de efemérides y remembranzas, donde diariamente tiene lugar el
aniversario de un hecho clave inscrito en tan aciaga época —una masacre, un
saqueo, una batalla, un bombardeo, un fusilamiento, un paseo—, también se cumplen años de la muerte de un brillante médico
fisiólogo, de un inquebrantable político, de un buen socialista, de un
admirable español, de un convencido progresista y, sobre todo, de un hombre con
unas capacidades extraordinarias: Juan Negrín, fallecido el 12 de noviembre de
1956 en París en la más absoluta privacidad y en la no menos severa situación
económica. Cincuenta años, pues, transcurridos sin que su figura y trayectoria
políticas hayan sido nunca consideradas públicamente desde el punto de vista
del respeto histórico, al menos por el partido al que perteneció. No existe en
esta España tan dada a la imaginería provincia,
pueblo o municipio que se precie en cuyas instalaciones del Partido Socialista
Obrero Español no figuren junto al fundador, Pablo Iglesias Posse, los
cuadros-iconos de tres insignes socialistas: Francisco Largo Caballero, Julián
Besteiro e Indalecio Prieto, todos ellos contemporáneos de Juan Negrín y, al
igual que éste, de parecidas o más importantes responsabilidades políticas
durante la existencia de la II República Española. Y todos ellos también reconocidos
y venerados por la fuerza política a la que sirvieron.
Sobre
Negrín hay pocos trabajos que hayan visto la luz. Es hora ya de que deje de ser
maltratada una figura histórica de su responsabilidad y llegado el momento, por
tanto, de ver publicadas biografías sobre un político de personalidad tan
acusada como la suya —Juan Negrín, la
República en guerra, Ricardo Miralles; Negrín,
una biografía de la figura más difamada de la España del siglo XX, Enrique
Moradiellos—. Denostado por muchos por haber sido supuestamente un mero
instrumento en manos del comunismo soviético, factor de división en el Partido
Socialista Obrero Español y causante del aciago final de la República por su empecinamiento
en resistir a ultranza —las obras citadas recogen numerosos testimonios
elogiosos de personalidades nacionales y extranjeras contemporáneas de Negrín—
fue Julián Zugazagoitia, ex director del diario El Socialista y ministro de la Gobernación con Negrín —fusilado por
Franco junto a Cruz Salido en 1940 en el cementerio de La Almudena— quien
advirtió en su libro de memorias titulado Guerra
y vicisitudes de los españoles contra la “injusticia histórica de
personificar culpas colectivas en líderes individuales”. Si repasáramos
detenidamente la historia trágica de aquellos años y lo hiciéramos despojados
de querencias y ojerizas podríamos observar que todos y cada uno de aquellos
líderes tuvieron sus luces y sombras, sus aciertos y errores. Y no sólo Negrín.
De ahí que resulte poco comprensible la resistencia a evocar su memoria.
Fernando Ruíz